Mauricio Alexander Jovel
Era yo aprendiz en la única alfarería de mi pueblo, con manos torpes e ímpetu acelerado. Mi maestro, un anciano alfarero solitario y triste, no perdía oportunidad de motivar a quienes deseaban aprender el oficio. Una noche lluviosa de mayo, decidí moldear la ilusión de sentir que al crear y ver mis habilidades representadas en mis creaciones, podría así ser capaz de moldear lo que yo quisiera. Pasaron años y forjé mi nombre dentro del pequeño pueblo. Mi maestro, debido a su edad, ya no podía continuar el oficio. Nada más se dedicaba a darme consejos esporádicos mientras mi fama como alfarero crecía en las distintas caballerizas que constituían el lugar donde por mera casualidad de la vida, decidí nacer.
Pero llegó un día en que, al preparar el barro y limpiar mi torno, llegó a mi taller la creación más hermosa que jamás había visto. Su piel tersa y canela, cabellos castaños claros y largos, acompañados de unos ojos marrones con tendencia asiática sin perder su estirpe mestiza. Bella como ninguna, el cielo sería capaz de envidiar la sencillez de su belleza, no podría existir conquistador más enviado que quien coronase un beso en sus rojas mejillas, fue tan perfecto ser que mi guitarra envidiaba su marcada cintura y mis dedos anhelaban el roce de su blusa en su cadera. Literalmente, el cielo llegó a mí con tan solo verla y el peor de los sufrimientos al verle partir.
Mi maestro me enseñó la principal regla del oficio: no reparar sino construir, ya que lo nuevo implica menos trabajo y casi siempre al reparar termina uno con más de una herida en sus manos. Heridas que requerirían tiempo para sanar y evitar estropear otros trabajos que no tenían culpa de las heridas provenientes de otro esfuerzo. Como mencioné, llegó esta hermosa figura a mi taller con un jarrón de barro cocido. Apenas se veía un pigmento rojo que una vez brilló apasionado. Una asa rota por uno que otro tirón y su cuerpo, que al llenarlo, parecía llorar a través de sus grietas. Me explicó que el jarrón tenía un gran significado para ella. Aunque quien lo había obsequiado a su belleza ya no estaba, ella deseaba adornar su nuevo hogar. Quería conservar ese regalo como tributo al tiempo amado y vivido con su remitente.
Enamorado a primera vista y con ansias inmensas de sorprenderla, decidí ignorar la principal lección que mi maestro me había transmitido. Durante días, sumergí el jarrón en agua tomada del pozo, cuya pureza y claridad eran incomparables. Lo coloqué en la pileta más grande, aunque no necesitará tanta agua. Pero me reconfortaba pensar que ella estaría complacida al conocer el cuidado que recibía. Empecé en secreto a reparar lo que se convertiría en el trabajo más importante de mi vida. Traje el barro más fino de las montañas distantes y seleccioné tintes dorados, azules y carmesí para realzar la belleza de su dueña. Brindar mi máximo esfuerzo a lo más hermoso que mis ojos habían visto era la esencia de mi ser.
Sin embargo, la tarea no fue sencilla. Pasé días reparando una parte del jarrón, como si se resistiera celosamente al toque de mis manos. A pesar de ello, no experimenté desesperación. Cada día, mientras ella visitaba mi taller, sentía alegría al mostrarle cómo quedaría después de recibir mi cuidado. Después de todo, la paciencia es la virtud de aquellos que saben amar.
Al reparar el asa rota, lastimé la palma de mi mano tan profundamente que no podría siquiera empuñar un fino pincel para adornar. A pesar de las heridas en mis manos, noches de insomnio y días pasados junto al horno donde cocía, finalmente terminé de adornar el hermoso jarrón de manera excepcional. Le añadí un asa más grande para que sus manos no sufrieran al servir, adorné con color índigo como el cielo que envió su mirada, agregué 400 detalles en pintura dorada, como los días que inspiraron mis ojos y las noches en que la soñé. Utilicé las pieles más finas en su fondo para que no sufriera daño y la adorné con detalles carmesí como el original y sus labios. Para su protección, encargué a un carpintero un cofre adornado con detalles de oro y plata, elaborado en la mejor madera disponible, como si fueran mis manos mismas. Un lugar donde podría estar segura.
Finalmente, llegó el día de la entrega. Con entusiasmo, esperé su llegada. Se presentó radiante, carismática, con una sonrisa resplandeciente y un perfume que se percibía a distancia. Era como si su larga cabellera guardara secretos. Verla iluminar mi modesto taller fue un hermoso momento. Le dije: “Espero que sea digno”. Con emoción y prisa, abrió el cofre que, por sí solo, ya era hermoso. Su contenido era igual de bello. Al abrirlo, el tiempo pareció detenerse. Mis pies se volvieron pesados y mi rostro se puso pálido al ver su insatisfacción con mi esfuerzo.
Pregunté, con nerviosismo: “¿Algo está mal?”. Hubo un silencio incómodo hasta que escuché su voz: “Esto no es lo que esperaba”. Respondí: “Lo reparé y adorné durante días para que fuera digno de usted, para mantener sus aguas frescas y cuidar sus labios, y para que su belleza se dignificara junto a su presencia”. Mi corazón se detuvo. Escuché sus palabras: “Aún no es lo que buscaba. No quería algo nuevo. No vine por nuevos adornos ni más cuidados de los que ya estoy acostumbrada. No quiero esto. Su color debería haber sido solo rojo. No puedo imaginarlo de otra manera”.
Sin saber qué hacer, respondí: “Usted deseaba embellecerlo para adornar su nuevo hogar, para crear una nueva vida”. Ella me dijo: «No quiero un cambio. Mi casa debe ser decorada de esa manera en caso que el antiguo dueño del jarrón regrese. Y si no regresa, cualquier persona que llegue deberá verlo tal como yo lo vi. Solo necesito a alguien con quien compartirlo, no alguien que lo cambie”. Y se fue.
Un silencio reinó en mi taller. Deposité mi cuerpo sobre un poco de paja y lloré. No entendí cómo algo hecho con amor podría ser visto de esa manera. Pasaron días sin motivación para trabajar. Mis manos perdieron destreza, mi corazón se enfrió y me sumí en pensamientos de amor no correspondido. La visita menos esperada llegó en ese momento: mi maestro. Me exigió que me levantara de mi cama improvisada y desaliñada. Me ofreció dos vasos, uno de agua y otro de vino. Me pidió que eligiera el mío. Tomé el vaso de vino y lo bebí de un solo sorbo. El sabor amargo y fuerte del vino llenó mi boca, haciendo que mi lengua se retorciera. Consulté, preguntando por qué. Sin previo aviso, mi maestro respondió: “Desobedeciste”. Asumí: “Sí, maestro, pido perdón”. Él dijo: «Pedir perdón no es suficiente. El daño no fue para mí, sino para ti. Tus manos están heridas, pero sanarán. Perdiste 400 días que no podrás recuperar, pero tienes muchos años por delante. Pero lo que más me preocupa es si ese vino amargo logró hacer sentir a tu boca lo amargo que está tu corazón”.
Ante esa respuesta, no pude replicar. Mi orgullo me impidió comprender que sanar mi corazón llevaría más tiempo. Sin embargo, una duda persistía y pregunté entre lágrimas: “¿Por qué, maestro? ¿Por qué, si dediqué tanto amor, atención, cuidado y tiempo, no fue suficiente?”. Mi maestro sirvió otro vaso de vino, pero esta vez para él. Después de un trago largo y lento, dijo: “ En la vida, no reparamos lo roto. El jarrón no estaba dañado, pero sí lo estaba el corazón de alguien a quien amaste y no pudiste sanar. En lugar de eso, buscó ser adornado para aliviar su dolor. Los heridos dañan a otros con la intención de amar y reparar” Pregunté, con angustia: “¿Cómo reparar a quien amo?” Respondió: «No podemos reparar aquello que amamos. Incluso el agua dulce vuelve a la montaña después de caer en el mar salado, al igual que las lágrimas de las nubes. No puedes reparar algo que no es buscado. Sin embargo, puedes sanar tu propio corazón para no herir a otros” Me llevó tiempo entender esta lección. Pasaron días en los que trabajé sin descanso para recuperar mis fuerzas y habilidades. Hubo días en los que era inevitable llorar ante cualquier recuerdo. Pero el tiempo es sabio: mis manos sanaron, mi pecho, aunque no dejó de sentir el vacío, ya no era una herida abierta.
Un día, sin darme cuenta, desperté sin sentir más que una lágrima escurriendo por mi mejilla. Comprendí la poderosa lección de sanar mi corazón. Abrazar la soledad y verla como una manifestación para abrazarme a mí mismo. Sentí miedo, sin entender su intención de hacerme sentir mis propios brazos y calor. No pude sentir más que lástima por la mujer que amé, al reconocer lo dolorosa que debe ser la vida al caminar con el corazón roto. Aunque en realidad, nunca fue mía. Comprendí que el sufrimiento radica en el deseo de posesión y en complacer a alguien que, para mí, es un placer en sí mismo. Fue así como mi corazón sanó. Me encontré solo en mi taller sin opción más que amarme a mí mismo. La soledad huyó al no encontrar manera de atormentarme. Mi corazón tenía una deuda que era escribir esto para ti, que estás roto, que sientes que no hay salida. Que amaste profundamente a alguien sin recibir gratitud o, en su lugar, el frío desprecio que te hiere. Escribo esto para ti, que tienes la oportunidad y el deber de moldear tu corazón con amor propio, convirtiéndolo en una vasija que derrame el elixir más valioso que pueda existir. Nadie ha muerto por embriagarse de amor propio, aunque la resaca pueda ser incómoda para otros. Ámate hoy, ámate mañana, ámate siempre.
Fue así como el alfarero, en la tenue luz de su taller, contempló el esfuerzo en la vasija. Aunque no obtuvo la aprobación que anhelaba, descubrió algo aún más valioso: el amor propio. Mientras observaba y recogía sus herramientas, entendió que el amor propio valora el arte y el alma, permitiéndole brindar su obra más grande a los demás: su amor genuino y, más que genuino, sano.
Descubre más desde
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.














Anónimo
Enhorabuena,por tu escrito