Y una alondra cantó…

Mauricio Alexander Jovel

Era un viernes como cualquiera de agosto del 1877. Estaba yo sentado escribiendo bajo la sombra del palo mayor del buque en la que viajaba desde España hacia el nuevo mundo. Solo me motivaba la idea de llegar a las Américas y poder establecerme como comerciante para tener un mejor futuro. Habían pasado 40 días desde el último beso de mi esposa en las afueras de Sevilla. Todavía sentía verla despidiéndome en el puerto de Palos de la Frontera, aunque no estuviese presente al momento de partir.

Me acompañaba únicamente mi diario, su pañuelo, mis viejas botas y más de una que otra moneda ahorrada. Aunque los viejos marinos decían que de nada serviría allá, casi lo olvidé. Mi posesión más preciada era una carta de mi amada con la instrucción explícita de ser abierta solo cuando tuviese miedo de no volver a verla. Temo inmensamente al mar, pero no hay miedo que pueda vencer a un hombre que ama más de lo que teme.

A diario podía recordarla saliendo del Hospital de San Lázaro, donde brindaba sus servicios como enfermera a la patria, siempre con una sonrisa al verme cansado y sucio después de mi jornada. Pero la felicidad llenaba mis pasos al caminar por las calles empedradas de la Avenida Dr. Fedriani junto a ella. Mis ojos sentían una envidia sana por los enfermos y desamparados que tenían el privilegio de verla en su bello uniforme, cuidando de aquellos que tanto la necesitaban.

Hemos logrado encontrar más de algún mercantil portugués y tener más de algún enfrentamiento con piratas. Aunque soy un hombre de paz, no temo actuar en nombre de Dios al momento de defenderme en esta guerra. Dos noches después, entramos a lo que llamaban “El Mar de los Sargazos”, un área, aunque calmada como la paz de Dios en las noches, podría tener tormentas que romperían en dos a cualquier barco de las mejores maderas, y fue así.

Esa noche, justo en el entremedio del sueño, escuché los gritos angustiantes de mis compañeros, y al saltar de mi curtida hamaca, el agua fría me llegó hasta la cadera. No era más que la pesadilla de cualquier marinero: naufragamos.

Siendo así, en medio del Atlántico, amanecimos unos pocos flotando entre los pocos escombros y llegando a tierra. Nos topamos con una isla en la cual únicamente al límite de toda vista solo había cocos. Cansado de nadar y sin fuerzas, dormí así dos días seguidos, sin esperar siquiera a poder abrir los ojos y ver que todo había sido solo un engaño de Morfeo jugando en mis sueños.

En la decimotercera mañana, una alondra entonaba su canto sobre la pequeña palmera en la que me reponía de tal suceso. Cantaba de una manera tan hermosa y melodiosa que solo podría haber sentido que su canto intentaba alentarme a no dejarme morir, como la mayoría de mis compañeros lo habían hecho. Me cantaba y elevaba su vuelo verticalmente, como si me pidiese ver al cielo, y ella suponía que yo tendría las fuerzas para hacerlo. Necia y obstinada en empujarme a verlo, no tuve más opción que despertar y empeñarme en hacer un refugio de las escasas maderas que llegaban a la isla por el naufragio.

Me encontraba solo allí, sin entender cómo durante el día podía existir un paisaje más hermoso, con sus blancas arenas y aguas cristalinas, como si brotase del mismo Parnaso, pero, de noche y a la ausencia de luz, podría ser el lugar más frío y tenebroso gracias a su soledad.

Habían transcurrido 26 días desde el naufragio, y como todas las mañanas, la misma alondra cantaba sobre mi improvisada casa. Su canto me hacía recordar cada risa, cada palabra, cada empuje a ser mejor de mi amada, mientras intentábamos hacer de una pequeña casa en las
afueras de Sevilla un hogar. Aun recuerdo llevar alimentos a nuestro hogar, y ella, con sus mágicas manos e inmenso amor, los transformaba en el maná de mi propio éxodo.

Fue así que me dispuse a tomar una decisión: morir como cobarde en esa isla o vencer mis miedos y aventurarme al mar, y quizá no morir, pero reencontrarme con ella. Fue así que firmé un pacto con Dios, jurándole delante de aquel desolado pero hermoso paisaje, que me permitiera siquiera volver a encontrarme con ella, siendo justos, sin importar morir al instante de verla, no me importaba, solo quería volver a verla.

Fue entonces, por gracia divina, que me dediqué a confeccionar cuerdas con restos de cáscaras de coco y lianas. Busqué las mejores maderas y preparé resina de almacigo al fuego para poder proteger mi improvisada nave. Dispuse 10 días para dicha misión, y una vez puesta en marcha, me dispuse a afrontarme a lo que considero mi mayor miedo. Me dispuse a ubicarme por medio del sol, esperando encontrar vida al oeste de mi posición, ya que España se encontraba al este. Llené mi barca de provisiones como cocos, aves y agua dulce.
Por supuesto, mi compañera melodiosa no me abandonaba.

Tras navegar a la deriva durante siete días, presenciaba cómo los tiburones se alimentaban de tortugas, y mi esperanza menguaba, mis raciones iban agotándose, y mis intenciones de arrojarme a las bestias para terminar mi agonía se hacían cada vez más fuertes. Fue así que, durante una tormenta infernal, donde lo único que mantenía unidas mis frágiles maderas era mi fe de volver a verla, no entendía si el cielo lloraba conmigo o me castigaba. Cansado, me desmayé, esperando amanecer en el estómago de una bestia marina y dejar de sufrir.

Al amanecer, mi compañera y fiel cantante me despertó nuevamente. Mi fiel y hermosa alondra insistía nuevamente en hacerme levantar de mi improvisado aposento. Al hacerlo, observé cómo un pequeño cofre chocaba con mi proa, y procedí a tomarlo. Recordé que era idéntico al cofre donde almacenaba mis pertenencias en el barco naufragado, y al abrirlo, sorprendido, era efectivamente mi cofre con mis únicas pertenencias.

Con miedo, dispuse al sol la carta que mi amada me había entregado antes de partir, pensando en que ya nunca podría volver a verla. Me dispuse a abrirla, resignándome así a darle un anónimo adiós desde mi última morada: el mar. Fue así cuando procedí a leer lo que aquella carta breve, maltratada y apenas legible, relataba un extracto de un poema de Francisco Sosa Escalante:

¡Oh dulce alondra, cuando brille el día
Tu amado volverá; que es un conjuro
De tu canto sin par la melodía.

Casi al instante, pude sentirme abrigado por su larga y lisa cabellera castaña. Pude de alguna forma sentir el olor de su perfume mezclado con lo almidonado de sus ropas. Mi frente pudo nuevamente sentir sus mejillas al dormir y mis manos la seguridad durante las escasas noches de lluvia que solo me lo brindaba abrazar sus bellos y abundantes muslos que al calor de nuestro fueron victima de mas de uno que otro beso al medio de la noche.

Así, sin pensarlo, con una fuerza que hasta Hércules envidiaría, me dispuse a remar con la vigorosa determinación de volver a reposar en sus delicadas manos. La trinidad misma se encargó de esbozar mi ruta con fuertes vientos, pero no tan fuertes como para derribarme. Así, logré llegar a las costas de Florida, donde sin pensarlo, me dispuse a corresponder aquella carta que sin saberlo, me había salvado la vida.

Finalmente, pude establecerme y emprender este nuevo camino en un nuevo mundo, al paso de mucho esfuerzo y seis largos meses en tierra. Pude al fin ver al más hermoso ser desembarcar en el puerto de San Agustín en Florida. Al verla bajar esos 27 escalones me pareció una eternidad, ansiaba tenerla en mis brazos, aunque mis rodillas apenas respondían.

Hoy, a dos años de mi tragedia, me encuentro aquí, escribiendo estas palabras en la puerta de nuestro nuevo hogar, mientras ella da a luz a la consumación de nuestro amor, rogando a Dios que tenga sus bellos ojos marrones, su cabello castaño, que sin saberlo, me hizo naufragar en sus besos antes de conocer el mar.

Hoy escribo esto para recordar cómo pueden los recuerdos y la fuerza del amor motivarnos a emprender caminos que nunca esperamos poder superar, que dentro del miedo existen monstruos aún más temibles que los marinos, ocultos en la distancia y el miedo a amar y ser
amado. Aunque un paisaje hermoso pueda convertirse en desolado cuando la luz desaparece, siempre habrá forma de comprender que en un lapso igual o menor al de luz, la oscuridad también va a pasar. Para finalizar, que toda despedida a veces nos lleva al mismo puerto de donde partimos, ya que pertenecemos ahí; donde nos extrañan y extrañamos, donde pensamos y nos piensan y donde, sin importar cuán profundo sea el miedo, navegaríamos entre monstruos y miedos con la esperanza de poder vernos al menos una vez más en la vida.


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