Mauricio Alexander Jovel
En las profundidades del cosmos, antes de mi nacimiento en la Tierra, en esa dimensión donde la verdadera creación y sus creadores debaten sobre nuestras consecuencias al venir a esta Tierra, se me notificó de mi turno para mi viaje de iluminación. Se me encomendó despedirme de mi figura celestial por un pestañeo terráqueo llamado vida.
Mi arcángel a cargo me pidió escoger a mis guías. Me dijo: llamarás a una madre y, al otro, padre. Sin saber lo que es uno u otro, procedí a buscar, a través de mis pensamientos, alguna conexión con algún ser en la Tierra para confiarles la fina tarea de cuidar de mí en mis primeros años en tan hostil planeta.
Mi primera misión, al parecer sencilla, por supuesto no lo fue. Tuve, por mi gracia, la libertad de escoger cualquier zona geográfica para nacer. Pero más que un punto específico, buscaba un lugar abstracto para algunos, un lugar donde aunque no existiera tierra o agua, pudiera sentirme protegido y amado. Ya que, por supuesto, a pesar de mi entusiasmo, tenía mucho miedo.
Buscando así, encontré a una mujer sencilla de la cual me enamoré al verle. Su tez y mirada mestiza de sus ojos me transmitía una sensación de paz, como un reflejo dorado de la aurora boreal. Su risa, aun sin conocerla, me transmitía tanto amor que inmediatamente y sin pensarlo, decidí que sería ella, la mujer en cuyos brazos nacería y tomar de su vientre mi refugio.
También así, encontré a un muchacho cuyos rasgos no destacaban a simple vista, pero resaltaban cualidades que, por supuesto, en la Tierra serían de particular envidia, como su inteligencia, disciplina y hambre por saber. No podría haber pensado en mejor personaje para que me
enseñara y guiara en mi vivir. Porque eso comprendí antes de nacer: mientras una madre blinda con su amor tu camino ante las adversidades de la vida, tu padre con su ejemplo y disciplina te enseña a vivirla.
Y así, fui despedido de mi plano atemporal por un coro de luz, al igual que otros miles, veníamos a este mundo a aprender. Pero antes, tuvimos una audiencia con Dios, donde se nos entregó un misterioso libro en blanco con instrucciones inciertas de ser guardado entre la tercera y cuarta costilla al momento de nacer, ya que sería el pasaje de regreso para tomar nuestro examen final; naturalmente lo hice.
Al momento de recibir la luz a través de mi madre, guardé mi libro entre mi tercera y cuarta costilla izquierda. Mi sorpresa fue sentirlo palpitar. Me asignaron un nombre, felicitaron a mis padres y mi camino en busca de la iluminación iniciaba.
Entre mis primeros 3 y 24 meses de vida, bajaba un ángel a brindarme instrucciones de cómo y cuándo debería escribir en mi libro de exploración que desvela la vida. Fue muy preciso en hacerme ver la importancia de no dejar pasar ningún detalle y recordarme que yo había elegido cómo nacer, mas no cómo vivir.
Fue así como crecí, en brazos de la más amorosa y protectora madre. Aprendí que entre sus brazos podía sentirme amado y en paz, como solo la presencia de Dios podría hacerlo. Podría envidiarme cualquier ave al saber que dormir en su pecho era mejor que dormir en una nube, y su voz podía tranquilizar cualquier miedo.
También, estaba mi padre. Recuerdo pasar horas y horas escuchando historias de su vida, experiencias y aprendizajes de los cientos de libros que yo, sin comprender aún sobre las letras, solo el hecho de escucharlo me incitaba las ansias de devorar todas sus hojas a través de mis ojos.
Fue así como llegué a mi adolescencia. Hasta el momento, en mi libro solo existían momentos junto a mis padres. Durante sueños, mi ángel guardián revisaba su contenido y discutíamos sobre cómo actuar.
En esos momentos, sus hojas me parecían infinitas. Recuerdo haber escrito en letras muy grandes sobre mi primer beso, describía de manera explícita el cabello castaño y largo de la niña de quien que me enamoré a mis 11 años.
También recuerdo haber arrancado hojas al pelear con mi padre, las cuales después me arrepentí y volví a escribir. Etapas y errores que tienen muchas hojas y horas escritas, mi libro conocía poco a poco nuevos pasajes lagrimosos. La vida empezaba a tener otros sentires.
Mi travesía musical llenó mi libro con canciones. Recordando mi encuentro con el amor, experimenté su cara amable y sufrí su lado doloroso al enamorarme de una joven, mi musa y mi confidente. Su nombre, como la diosa romana que protege la naturaleza y su apellido rinde tributo a sus ojos con tendencia asiática, resonaban en mis días y noches. Cada vez que el intro de ‘Always’ comenzaba a sonar, su risa fuerte se entrelazaba con las notas, y encontraba paz en la sinfonía de nuestra historia.
Ella por sí misma tiene 14 capítulos que en la tierra llamar años en mi libro.
Arranqué, arruiné, dibujé y maltraté mi libro al punto de creer que sería infinito. La vida hasta el momento no me había brindado señal de poder ser finita.
Pero llegué un cuarto de centenar de años. En este lugar, las hojas, como tal, comenzaron a hacerse más pequeñas. Confundido y sin entender mis letras, cada vez tenía que reducir mis mensajes. No podía permitirme letras grandes o mensajes extensos. Parecía que a mayor edad tenía que ser más breve y conciso. Sabiduría le llamaban a esto los libros de mi padre.
En mi tercera y cuarta década de vida, conocí el amor fraternal. Mis hojas se encontraban cada vez más reducidas, no eran de por sí más grandes que la mitad de mi lápiz. Por si acaso, escribía frases o reflexiones que a lo largo de la vida y gracias a la lectura, aprendí a ser más asertivo en mi pensar, disminuyendo letras y aumentando significados.
Conocí algo extraño que hasta el momento no comprendo, pero me impactó de una forma que no puedo explicar. Conocí algo llamado “amistad”. Es un sentimiento donde personas que no se conocían comparten una fracción de tiempo y vida sin querer o planearlo, donde pueden pasar años sin siquiera saber uno del otro, pero si ameritaba ofrendar la vida uno por el otro, no había duda de hacerlo. La humanidad es extraña; dan y aman sin garantías, confiando en que otros harán lo mismo por ellos.
Y así pasé largos años, entre amores y amigos, entre aprendizajes y lecciones. No comprendía y me costaba trabajo el sentido de la vida como tal. Y, lastimosamente, las hojas de mi libro eran cada vez más pequeñas y escasas. Pasaron 15 años más, me encontraba celebrando junto a nuevos seres que me eligieron como protector, tenía a mi lado a una compañera y amigos con los cuales cualquier dolor o reto imposible era un juego y podríamos comernos el mundo entre bromas y risas.
Llegó el día en que tenía que escribir la última hoja de mi libro. No podría ni escribir siquiera una sílaba en tan pequeñez. No había manera. Busqué la opción y pedí al universo el discernimiento adecuado para saber qué hacer o escribir.
Sorprendido, recordé las palabras de mi padre en una de sus magistrales charlas las cuales cayeron sobre mí de manera conveniente: “El tiempo en nuestra dimensión fluye de manera ininterrumpida. La memoria, en cambio, guarda en su interior los momentos vividos, como páginas escritas en un libro del corazón”.
Comprendí en ese momento la importancia de no haber malgastado mis hojas. Mi alma sentía en ese momento la necesidad de recuperar las hojas arrancadas. Intenté, con la sal de mis lágrimas, borrar siquiera una página para reescribirla, pero fue en vano.
Llegó la hora de entregar mi libro a la asamblea cósmica. Filas de libros majestuosos se extendían sin fin y algunos muy oscuros formaban un camino interminable antes de ver a la cara a mis jueces. Aunque muy difícil, valientemente me paré al frente del estrado universal, adornado por pulsares y nebulosas en su techo. Se preparaban para juzgar en hojas de oro y tinta solar.
Entregué mi libro y, para mi sorpresa, fue desplazado para posarlo en la esquina de la mesa celestial. Las ruinas del remoto ayer zumbaban mis oídos y el juez mayor hojeó cuidadosamente las páginas de mi vida, sus ojos radiando sabiduría y comprensión, me pidió un breve resumen en el caótico lugar llamado Tierra.
El tiempo brotaba de mí al revés, y respondí: Conocí el amor y el dolor, el mismo corazón que celebró mi primer beso fue el mismo que quiso dejar de palpitar al sentir el desprecio, mi cuerpo nada de importancia tiene si se trata de brindar apoyo a un amigo, el amor de una mujer nunca sería superior al amor de mi madre y ni el mejor consejo de un maestro sería superior a la palabra amorosa y sabia de un padre, pero, hay algo que es enemigo de todo ello. Dije.
¿Qué es? – Pregunto mi juez.
El tiempo. Comprendí que mi libro es la representación del tiempo en la Tierra, ese enemigo invisible que no sopla pero erosiona, ese filme continuo que aunque no pasa a través de ningún lente, queda grabado en cada pliegue del corazón apasionado, que al gozo y placer pasa fugaz pero al adolecer y sufrir se siente eterno. Respondí.
¿Qué lección aprendiste? – Consultó mi juez.
Que la filosofía de la existencia se entreteje con el tiempo como un hilo dorado en el tapiz de la vida. Al nacer, no comprendemos que cada día nos envejece, incluso si solo tenemos un día fuera del vientre, en la adolescencia, nos creemos inmortales, a los 25 olvidamos la niñez y perseguimos compras y trabajos, devaluando nuestro bien más preciado, el tiempo. Solo al final de nuestros días, valoramos cada instante, comprendiendo su efímera naturaleza al cerrar nuestros ojos y escribir la última página del libro de la vida. Dije.
Por la gracias de dicho jurado, pude finalizar mi misión, teniendo en cuenta la importancia de un nuevo aprendizaje en la Tierra. Después, procedí a descansar por mil años terrestres para seguir en mi nueva lección a la iluminación, mientras tanto, en mi sueño repaso los abrazos de mi madre terrenal, consejos de mi padre, abrazos de amigos y por supuesto, lo invaluable y hermoso del rostro de la niña que robo mi corazón, fiel compañera que bendita la gracia, pudimos reencontrarnos y escribir juntos las hojas de nuestros libros celestiales y despedir el ultimo suspiro como si fuese nuestro primer beso.

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